Llevo ya toda una semana despertándome a las 6, 6:30 de la mañana. Después de estar todo julio con el sueño cambiado y hecho un asco, da gusto. Lo bueno de levantarse temprano es que puedes salir por ahí cuando todavía no hay casi nadie en la calle, cuando aún no hace un calor opresivo. ¿Y la luz? Desde mi balcón, las tardes parecen pinturas ajadas del siglo diecinueve o de los años setenta, pero hasta media mañana hay una luz limpia, que hace que todo parezca nuevo. Los amaneceres son una mezcla de naranjas, rosas y verdes oscuros. Y claro, me voy a pasear por ahí y ríete tú de Amélie, que me entra una fascinación mística por las plantas y los patos alucinante. Este par de años en la escuela han servido para hacerme aún más sensible a la belleza.
Hablando de estudios, este último año ha sido bastante bueno. Ya no tengo dudas sobre mi vocación: el diseño gráfico cubre tantos campos y toca tantas cosas que es suficiente para alguien tan poliédrico como yo. Desde las sutilezas de organizar y estructurar la información hasta los detalles tipográficos, desde los trucos de composición y las combinaciones de colores hasta revelar fotos, desde la historia del arte y el diseño hasta la teoría de la imagen y la publicidad, todo sirve para algo. Por primera vez, todo sirve para algo, y me empuja a superarme.
Lo que sí que podía hacer era rebajar mis ambiciones proyectiles: como el verano pasado me sentó mal no tener gran cosa que hacer, este verano me he metido en un montón de asuntos. Y claro, ahora estoy un poco agobiado. No es que sean cosas para dedicarles ocho horas diarias, pero si estás relacionado con alguna de esas profesiones mal llamadas creativas ya sabes a qué me refiero. Básicamente, hay días que estás desbordado de inspiración y quieres hacer un montón de cosas – y no puedes hacerlas todas, y te agobias. Otros días no estás tan inspirado y te agobias por lo contrario. ¡Ojalá pudiera guardarse la inspiración en botes!