Cien años tras la gran profecía del Übermensch, del hombre más allá del hombre, nos encontramos con el ideal opuesto, el Infrahombre, el ser que se avergüenza de sí mismo. Quizá porque aspirar a mejorar siempre requiere un gran esfuerzo, y vivimos en una época cansada intelectualmente; quizá porque, asustados ante el horroroso espectáculo del despliegue de lo peor del ser humano en las guerras y el arte del siglo XX, tememos que no haya nada más, que todo intento por cambiar las cosas sólo lleve a la destrucción. No sabemos que hay más allá, pero no tenemos la seguridad de poder controlarlo; y asusta. Así que nos quedamos muy quietecitos, hacemos todo por consenso y buscamos pequeños consuelos. Y cuando nos acordamos de que existe el mal en el mundo, venga lamentarnos y chapotear en nuestra impotencia autoimpuesta.
Pues muy mal. Los males del mundo vienen de la inacción de la gente que es buena — si nos manifestamos en lo que hacemos, y no hacemos gran cosa buena, ¿somos buenos? La vagancia es mala porque nos hace malos a base de no hacer nada bueno. Los males se multiplican porque nadie los ataja, y para cuando queremos darnos cuenta ya son tan enormes que hacen falta grandes guerras, héroes y demás parafernalia épica. Y luego os quejaréis de que no os gusta El Señor de los Anillos.
El problema es la modernidad, el fanatismo racionalista (o falso racionalismo), la división (y estancación) del conocimiento que desemboca en la esterilización de la vida. Winckelmann habla de tres fases: en la primera, el hombre busca lo necesario; en la segunda, lo bello; en la tercera, llamar la atención, la extravagancia. Esa es la fase decadente. En mi entorno escucho demasiadas veces la palabra original: ya sólo queremos cosas nuevas, fugaces. Pero, al mismo tiempo, hay un ideal de querer vivir para siempre y de perpetuarse en uno mismo; de ser siempre joven, de querer ser montañas y no flores.
Hay bastantes personas que no quieren tener hijos, ni siquiera hijos espirituales como decía Platón (productos culturales). No aceptan su mortalidad y de ahí vienen todo el sufrimiento y las cremas antiarrugas. Pero de los cientipocos años no pasa nadie, y ese afán por querer seguir en el mundo sin ofrecer nada a cambio nos revela avariciosos, acartonados, frágiles, estériles. No hay que pensar sólo en uno mismo, sino también en todo lo que está por venir y nuestro papel en ello. Todo lo que hacemos tiene su eco en la eternidad
, poniéndonos épicos. Sabemos que vamos a morir, pero tenemos un papel en el mundo. No debemos ser frívolos con eso, no debemos volvernos cínicos para con el resto de los seres. El desprecio siempre termina sabiendo mal.
Busquemos lo necesario o lo bello, renunciemos a lo original. No desaparezcamos como fantasmas ansiosos de absurdo. ¡Es una orden!