Cuando yo era joven, tenía un “diario de lamentaciones” en el cual mencionaba día tras día mis errores. No pasaba un solo día sin que tuviera que abrirlo veinte o treinta veces. Acabé comprendiendo que siempre sería así y decidí abandonarlo. Hoy en día, cuando medito, antes de irme a dormir, sobre la jornada transcurrida, no hay un día en el cual yo no haya cometido algún fallo de palabra o de acción. Vivir sin cometer errores es casi imposible, pero “los intelectuales” distan mucho de admitirlo.
Hagakure, Errores