Escribir, libro

Tengo ganas de escribir un libro desde hace bastante tiempo. ¡Me encantaría maquetarlo! le pondría unas tapas de cartón y una anilla plateada. El interior estaría lleno de dibujos sencillos, con colores desparramados aquí y allá, y cada página sería algo bonito de por sí. Tanto visual como literariamente. Todo estaría bien escrito y sería breve, profundo, hermoso.

¡Pero no tengo ese material! Y creo sinceramente que una persona sólo debería escribir un libro en toda su vida (quizá ni eso). Me refiero a un libro pensando en el libro, no en novelitas ni manuales de microondas. Algo pensado para durar, como el libro de Vitruvio. Entre tanto, lo que sí puedo es ensayar: por ejemplo, con ese zine que se me resiste. Que será hermoso o no será.


2005/09/05:

A los diecisiete años y medio sentía urgencia por explorarme a mí mismo, por saber qué soy, qué pienso realmente del mundo y qué quiero de la vida, así que me lancé a leer filosofía y a escribir cosas parecidas a poemas. Fue una época interesante porque comencé a pensar con intensidad, a mirar detrás de las palabras y a poner algo de orden en lo que me llegaba por los sentidos. El final de la adolescencia y la despreocupación.

En aquellos tiempos leí varios libros sobre el arte de escribir, pero el que recuerdo con más cariño es El gozo de escribir, de Natalie Goldberg. Me animó a relajarme, a abandonar las ansias de perfección y geometría, a comprender las cosas como son y no como yo quiero que sean. Me hizo comprender que escribir es como respirar, una certeza y una afirmación de que estás vivo. Desde entonces he escrito un montón, la mayoría sólo para mí mismo porque, antes que nada, la escritura es una forma de hablar conmigo, de construir mi propia historia, de anclar esas nubes que son los sueños. Escribir enriquece demasiado la vida como para hacerlo poco y mal…

Es importante decir cómo nos llamamos, decir el nombre de los lugares en donde hemos vivido y describir los detalles de nuestra existencia. “Vivía en Coal Street, en Alburquerque, cerca de un garage, y llevaba la compra en bolsas de papel por Lead Avenue. Allí alguien, al comienzo de la primavera, había plantado unas remolachas y yo observaba crecer aquellas hojas verdes de color rojizo”.

Hemos vivido; cada uno de nuestros momentos ha sido importante [...]. El escritor debe decir sí a la vida, a cada aspecto de la vida: al agua en los vasos, a la jarra de leche, al bote de ketchup sobre el mostrador del bar.

Natalie Goldberg, El gozo de escribir