En el Centro Cultural Amaia de Irun los viernes hay sesiones de cineclub (¿se dice así?), y como este último viernes tocaba una película coreana sobre gente que hace cosas raras, pues había que ir.

Hierro 3, del director Ki-Duk Kim, cuenta la historia de un joven vagabundo que vive como un fantasma, entrando en casas vacías y viviendo pedazos de las vidas de otras personas. Un día entra en una casa que no está vacía y conoce a una mujer maltratada.
Esta película está tan sumamente bien hecha, cada plano es tan rico y expresivo que no hace falta decir nada. Por eso, los protagonistas no dicen nada, y los diálogos son escasos e intrascendentes, puro sonido ambiental. Sólo la canción tiene un significado importante. Por cierto, bonito tema de Natacha Atlas (Gefsa), y un contraste agradable encontrar música de Oriente Medio en una película coreana. Volviendo a la película, toda alabanza a su fotografía y al magnífico trabajo de los actores es merecida. Hacen que las palabras sean realmente innecesarias, y me hacen plantearme qué hay detrás de este uso abusivo del verbo que yo mismo hago y que es tan común en mi entorno. ¿Qué queremos tapar con la manta de las palabras? ¿No nos basta con las miradas, con los gestos?
Por otra parte, la película toca el tema de la identidad. El protagonista parece no querer ser alguien concreto, prefiere ser un poco todo el mundo, y se adapta a todo tipo de casa: el típico hogar de matrimonio con hijos, la casa tradicional de un herbolario, el sofisticado estudio de un fotógrafo… ¿Quizá busca qué tipo de vida quiere vivir, antes de que el tiempo le imponga una? ¿Por qué decide que quiere ser invisible? ¿Por qué ha renunciado a hablar? ¿Es la auténtica libertad no atarse a nada, ni siquiera a un nombre?
En resumen, otra maravillosa película desde el otro lado del mundo que da mucho para sentir y pensar.