Me gustan las películas de personas anónimas que caminan por las calles en silencio. Sin música, quizá con el ruido de algún coche, lejos. O ese jazz que no es música sino vida; bajito, en cualquier caso, lejano y sugerente como las leyendas de riquezas orientales. Me gusta esa actitud fascinada, perseverante y frágil, como de planta que trepa paredes de ladrillo y hormigón, que llena de color los rincones más humildes, que no da nada por perdido, que ama lo nuevo de lo viejo y burbujea un sí a esa belleza latente en todas las cosas. Me gusta cuando, en la película de Basquiat, el actor pinta cartones y dibuja con ketchup, rezando a algo más alto que los rascacielos y el cielo gris. Quizá a algo más profundo. Las plantas rompen el asfalto, ¿qué hará un dibujo? O unas rimas, como en Slam: palabras que se levantan hermosas, gloriosas o íntimas, gracias a la gracia, al ingenio, a la pasión de crear. El dinero no mueve el mundo. El mundo lo mueven el trabajo y la pasión.