Este viaje ha tenido todo lo que podía desear: muchas risas y aprendizaje. Por ejemplo, he aprendido que:
- Dormir pocas horas, comer incluso menos y estar ligeramente enfermo en una ciudad extraña es bueno para apreciar qué es importante. Es muy bueno para tener ideas, montones de ideas. Vives más, obtienes más. Algo de inseguridad, algo de frío, algo de hambre es necesaria para sentirte más vivo. Así que no duermas más de cinco horas al día… bueno, mejor duerme.
- Es bonito conocer a otras personas.
No estamos solos, sólo separados
- Luuuur, luuuur, lurrr!! (necesitaba soltarlo)
- La felicidad es una especie de enfermedad, pero ¿a quien le importa? ¡Pongámonos enfermos!
- Este verano me voy de Interraíl, aunque sea solo. ¡Me apetecen mucho Francia y Holanda!
Ahora, algo coherente.
En principio, yo no iba a ir al taller de tipografía Signos de Segovia. Ya participé el año pasado en El ojo en la calle y no veía qué cosas nuevas podía aportarme repetirlo en un lugar perdido de la Meseta. Precisamente, una parte muy interesante de hacer el taller fuera de casa es que nos ha obligado a convivir durante todo el día, haciendo la experiencia más intensa. Además, la mezcla de turismo y trabajo ha sido muy estimulante; aún más dada nuestra formación artístico-diseñística, que nos impide ver la realidad con ojos normales… por ejemplo, ¿quién se para a palpar los esgrafiados en la pared de una callejuela medieval?
Trabajando en grupo, cada cual ve unas cosas, y al final, si todos estamos receptivos, aprendemos y sacamos algo que nadie esperaba. Entre todos: eso es lo bonito.
También es muy bonito no saber qué vas a sacar realmente, dejar que la cosa fluya y encontrarte con algo chulo. A mí es que nunca me ha gustado tener todo demasiado atado, prefiero llevarme alguna sorpresa… y realmente, ¿tenemos seguridad de algo en la vida? por muchos planes que hagamos no tenemos un control absoluto de la realidad, y lo inesperado siempre aparece. Es mejor así, aunque el canon diga que los diseñadores tienen que tener todo hiper atado.

La ciudad. La parte antigua de Segovia es una maravilla, repleta de rincones interesantes, muchos de regusto medieval. Recuerdo con cariño el jardín que había de camino al cementerio judío, una cafetería de dos plantas donde me comí un helado buenísimo, el palacio de picos (¡cómo no!), el claustro de la catedral… y la poca gente con la que he tratado me ha parecido muy educada. Me ha parecido una ciudad interesante, cuidada y amable, así que tengo ganas de volver.