La huida de la Tríada Times New Roman - Arial - Comic Sans

Estos tres textos los escribí para un trabajo de segundo curso de tipografía, Hallazgos tipográficos, en el cual debíamos dar cuenta de nuestros descubrimientos durante los dos años de estudio.

La ñ medio centímetro arriba

Mis primeras revistas las hice con una máquina de escribir de esas con las teclas duras, con una ñ que siempre se quedaba medio centímetro arriba que el resto de letras. Para los titulares también usaba plantillas, recortes o, la mayoría de las veces, mi propia caligrafía. Los currículums en Times New Roman y columna única siempre me han echado para atrás, así que he preferido hacer cosas algo cutres antes que algo correcto pero sin espíritu propio.

Lo bueno de las máquinas de escribir era que te daban una idea de cómo funcionan las imprentas – y los tipos estaban ahí, metálicos, pringados de tinta, tangibles. Este tipo de máquinas me parecen ahora algo infernal porque cuesta mucho esfuerzo sacar algo limpio, y el control sobre la composición es muy farragoso, pero como introducción estaba bien.

El rollo Frankenstein del recorte me gusta porque te deja mucho sitio para experimentar. Puedes tocar todos los espacios, tamaños (¡viva la fotocopiadora!), pegar donde quieras… hacer unos buenos zines/fanzines, es un comienzo perfecto en todo el asunto de la tipografía, porque después, al coger el ordenador, ya no te conformas con los sosos estereotipos que escupe el Word. Vas a por el Quark, a por el InDesign, a por los que te dejan un control absoluto (o casi) del cómo va a aparecer la página.

Porque nunca es suficiente con rellenar una plantilla. Nunca es suficiente con una tipografía para todo. ¡Dame un ordenador con una impresora o dame lápiz y papel! Lo demás son medianías y, aunque las etiquetadoras tienen su gracia, no sirven más que puntualmente.


La caligrafía y la forma

La caligrafía la desarrollé bastante gracias a los cómics, aunque en un principio me dedicara a imitar esos títulos espectaculares que, a su vez, eran imitaciones de los carteles de Cheret. Otra fuente de desarrollo es el pasar apuntes de clase a limpio, aunque eso no suene nada espectacular.

Lo bueno de la caligrafía es que estás en un contacto total con la letra: no hay excusas de dominio técnico, no se puede recurrir a tipos ajenos. Debes dibujar tú, expresarte a través de unos símbolos que no por conocidos dejan de ser interpretables.

Es más, no sólo ofrecen múltiples caminos de interpretación: es que pueden reinventarse, desfigurarse, dar paso a símbolos acorde con nuestra situación actual. Cuando se inventó, el alfabeto latino carecía de w, x, y, z, ñ, ç. Ahora mismo, letras como la y o la w nos sobran, me parece a mí, y sin embargo faltan otras – por ejemplo, no hay símbolo para la pronunciación euskérica de la doble t. ¿Que esto es un asunto de lingüística y que los tipógrafos deben encargarse de componer con lo que ya hay? Pues quizá, pero no se me ocurre nadie mejor que un (buen) diseñador de letras para diseñar símbolos distintivos para cada sonido.

Es cierto también que una letra conlleva una serie de asociaciones que hay que tener en cuenta a la hora de tocar su forma. Por ejemplo, la h es aérea, fría – de viento, transparencia y silencios. Y no es lo mismo usar una k que una c, aunque se pronuncien igual, porque mientras que ésta connota suavidad, comodidad (es facilísima de trazar y evoca dos brazos cerrándose sobre el espacio) e incluso tradición, la k se abre al espacio y lo ataca, por arriba y por la parte derecha, sugiriendo movimiento, exaltación, sobresalto. No es extraño que sea popular en ámbitos contraculturales.

Este tipo de asociaciones se llevan a cabo ya en el aprendizaje de los signos, en los primeros años en la escuela. Allí, estos signos suelen estar dibujados caligráficamente, buscando sugerir amabilidad, y se relacionan con objetos (la p con el pato, por ejemplo). En esta línea, McDonald’s trata de que los niños asocien la M con McDonald’s – y una vez más, nuestra cultura se simplifica en puro negocio. De esto tenemos parte de culpa los diseñadores gráficos: ¡con lo divertido que sería dañar la imagen familiar de McDonald’s metiéndoles una K (MkDonald’s)…!

Hablando algo más en serio, queda claro que cada letra y cada símbolo tienen una personalidad propia, una tradición… podríamos decir que cada letra es una persona, cada palabra una cuadrilla de amigos y cada frase una sociedad. La cuestión ahora es ¿queremos que esa sociedad sea estereotipada, igualitaria en el peor de los sentidos, donde unos se confunden con otros porque no hay diferencias claras? ¿O queremos una sociedad que, a pesar de las diferencias, y precisamente por ellas, sea rica e interesante?

Hubo un momento en el que simplificar los símbolos era muy necesario (la caligrafía victoriana ahoga), y las letras sin serifa o remates fueron la respuesta. Pero como bien dijo Tschichold, no son la respuesta a todo. Lo que se gana en claridad se pierde en expresividad, y se pierden detalles que ayudan en la lectura, como las ligaduras. Por no hablar de las cursivas, que suelen ser bastante peores que las de las letras con serifa. Sin embargo, una letra con serifa es peor para leer en pantallas y monitores, y las letras sin serifa dotan de mayor limpieza y geometrismo a las páginas… No es un debate que necesite un ganador absoluto, ya que sería tan estúpido prescindir de las serifas como no aceptarlas por sistema. Eso sí, mejor evitar llegar a extremos como los de la caligrafía rococó…

Pero estaba hablando de los símbolos en sí. Sabemos que hay gente con problemas de lectura porque algunos símbolos se parecen demasiado, y los que hemos diseñado tipografías alguna vez sabemos de esto: porque hemos aprovechado para trazar la p, la q, la d y la b a partir de un mismo dibujo, con cambios ínfimos. Por no hablar de los problemas con la i mayúscula y la ele minúscula… una vía de investigación interesante sería reformar el sistema alfabético de forma que, manteniendo una relación con los símbolos actuales, acentuara las diferencias, facilitando su lectura. Vamos, un alfabeto a prueba de disléxicos.

Una vía más para los tipógrafos ociosos y amantes de la ciencia ficción: crear los símbolos del futuro. Trazar una línea que arranque desde aquel rudo alfabeto fenicio, que pase por lo que tenemos ahora y que desemboque en lo que podría ser en unos siglos. ¡Todo un reto!


El contacto

Me parece una atrocidad que personas que van a trabajar en la comunicación gráfica, o que van a usarla como herramienta, no dibujen ni cuiden la caligrafía, o que no se planteen la función de cada signo, de cada sutileza tipográfica. Las ligaduras, aunque hagan crecer peligrosamente el número de signos tipográficos, son algo demasiado cercano a nosotros, a nuestro discurrir caligráfico – algo demasiado orgánico como para dejarlo aparcado en un utópico paraíso sans-serif. En ese paraíso hace frío.

En caligrafías como las árabes el signo muta completamente dependiendo del contexto, y esto es un fastidio de cara a una producción industrial y a codificar los signos informáticamente. Pero nos hace ver que los símbolos no son entidades aisladas, como nos sugieren los fríos caracteres de los terminales informáticos, sino que tienen unas relaciones que pueden llegar a condicionar su forma. Es una metáfora de cómo pueden cambiar las personas dependiendo de con quién se junten… y, si gracias a algunas oportunas ligaduras podemos tener lo mejor de ambos mundos, ¿por qué renunciar?

El problema de las ligaduras es que es fácil viciarse y ligar prácticamente todo. A mí me ha pasado que, escribiendo apuntes, ligo letras hasta verticalmente: por ejemplo, el extremo inferior de la p se junta con la parte superior de la t o la d. Queda curioso, pero es totalmente descartable para un texto largo o para fundir tipos en este plan. Como son descartables las ligaduras de más de dos letras, porque entonces terminaríamos con un sistema silábico o incluso ideográfico… y ya hay gente con problemas para aprender apenas treinta letras, así que… mejor usar unas pocas ligaduras que efectivamente ayuden al ojo en la lectura, como la ya bien establecida fi.

El contacto también hay que abordarlo desde el punto de vista del interletraje y el interlineado. Unas letras demasiado juntas pierden legibilidad, pero demasiado separadas pierden relación. Hay que encontrar ese punto justo en el que la relación es de perfecta amistad, donde no hay un contacto físico evidente y la lejanía es la estrictamente necesaria. A falta de ligaduras, buena es la cercanía.

Cuando se encuentra esta cercanía, que depende mucho del diseño del tipo, parece como si las letras tuvieran un fluir más natural, y la composición transmite una suerte de energía que es raro conseguir dejando el interletrado con los valores por defecto, de fábrica. Estos suelen ser correctos para componer texto corrido, pero en los títulos o en composiciones más cuidadas hay que meter mano.

También es interesante acercar las líneas. El doble espaciado habría que usarlo sólo en caso de tener un tipo liviano, muy blanco, y con cuerpos adecuados: hay una relación de tamaño entre negros y blancos que es fundamental de cara a conseguir un ritmo ágil y natural. Y queremos que nuestras letras bailen como diosas, no como borrachos de boda. Esto puede aplicarse a montones de cosas, en la tipografía y en la vida.

Tan importante como el contacto, lo es la lejanía: las composiciones no siempre son equilibradas, clásicas y centradas, y tenemos que dominar también el equilibrio dinámico. Es fácil resolver situaciones sencillas, pero es muy interesante hacerlas sencillas, o mantenerlas complejas si hace falta. Lo que es deleznable es aplicar las mismas soluciones a todos los problemas. Eso vulgariza nuestro trabajo y a nosotros mismos en el proceso.

Un ejemplo de esta vulgarización lo vemos en el uso sistemático de una misma tipografía para todo. Depender exclusivamente de un tipo o de un estilo es cómodo, pero a la larga nos destruye como diseñadores.

Los diseñadores, como los filósofos, o escogen un camino de aventuras, con sus glorias y sus fracasos, o no escogen camino. Por supuesto, hay que comer, y habrá que aceptar encargos aburridos; pero eso no es excusa para renunciar a nuestras inquietudes, a nuestras búsquedas personales.