Escribo esto para recordar que durante el verano de dos mil cinco he tenido momentos de pura felicidad:
- Mis últimos días como bibliotecario, mis últimas clases de historia (esto es de finales de primavera, pero hay una conexión sentimental).
- Comer Ensalada Tarantela en La mamma via.
- Recuperar la alegría de jugar a baloncesto y la agradable sensación de rebotear, dar un buen pase, clavar un triple.
- Comprender que, si bien ya soy una persona adulta, no tengo por qué renunciar a hacer lo que me llena. Es más, si no hago cosas que me llenen debería dejar de existir en el acto. No tengo derecho a desperdiciar mi tiempo.
- Las galletas rudas y multicereal, los pastelillos de semillas (¡qué bien suena!)
- Los episodios de Oliver y Benji o las aventuras de Tintín por la mañana al despertar.
- La luz, el olor a mar, el verde. Nunca me cansaré de eso.