Le Grand Tour 2004

En el siglo XIX, los europeos de buena familia concluían sus estudios con un viaje por lugares culturalmente relevantes: generalmente, Italia, Grecia, Egipto: Le Grand Tour. Hoy día esto está al alcance de muchos más estudiantes — por ejemplo, mediante el famoso Interraíl. Que ha sido lo que he hecho yo.

  1. Preliminares
  2. Paris
  3. Venezia
  4. Roma
  5. Hacia Grecia
  6. Κοριντος
  7. Αθηνα
  8. De vuelta a Italia
  9. Pompeii
  10. Firenze y Milano
  11. El último día
  12. Conclusiones

Preliminares

Lo primero fue informarme de cómo funciona la cosa. En Renfe te dan información muy básica, así que es mejor ir a la página oficial o directamente a Europa na mochila, que a mí me resolvió un montón de dudas. También me ayudaron los consejos de mi primo Saúl, veterano viajero y mochilero.

Al tiempo que investigaba, fui buscando compañeros. Al principio muchos se animan, pero poco a poco surgen problemas de dinero, trabajo, conjunciones astrales… y al final te quedas con los auténticos aventureros. Es mejor, porque el viaje es divertido pero también tiene momentos duros, y es entonces cuando agradeces tener buenos compañeros; yo he tenido los mejores, y ha sido una magnífica experiencia gracias a ellos, en gran parte. También es interesante formar un grupo reducido porque es más fácil organizarse y estar de acuerdo.

Preparativos. Más o menos, seguí los consejos de Europa na mochila. Me compré una mochila de montañero, de unos 35 litros de capacidad, que para mí fue suficiente. También me hice con un saco de dormir que al recogerse ocupa muy poco espacio; era más caro, pero mereció la pena. Todo el espacio que puedas ganar viene bien… eso sí, más tarde me arrepentiría de no haber llevado una colchoneta… ¡el suelo está muy duro!

Otras cosas que tendría que haber llevado:

  • Toallitas para limpiarte cuando no hay una ducha cerca
  • Pinzas para sujetar la ropa. ¡Mis calcetines salieron volando en Corinto!
  • Crema para el sol… ay, el sol romano…
  • Una bolsa de basura grande y negra. Puede llegar a ser muy útil.
  • Algo que haga las funciones de cartera-riñonera. Hice un apaño con la bolsa de la cámara de fotos y una cuerda que me prestó Asier.
  • Tampoco vendría mal una mochila pequeña, para cuando hay que pasear por las ciudades y la mochila grande está en la consigna o en el hostal. Siempre puedes usar una bolsa del super, pero luego puedes salir en una foto en plena gloria vaticana con una bolsa del Eroski y… no, no lo digo por mí… ¡el siguiente punto!

Dentro de los preparativos está la variedad de tarjetas y carnets que vendrán bien durante el viaje. Se puede conseguir todo en un par de días, exceptuando el pasaporte. El billete de Interraíl puedes sacarlo el mismo día de la partida, así que no hay problemas por esta parte. Eso sí: es un fallo que en España no te den una guía de horarios de tren europeos… a nosotros nos la dieron en la estación de Venezia, y ayuda bastante.

Con todo preparado, nos plantamos en la estación de Hendaye la noche del sábado 14 de agosto. Vimos a unos mochileros con guitarra y nos dieron un poco de envidia. Como el tren normal a París estaba repleto, tuvimos que coger billetes para el TGV. El tren está bien, pero es bastante incómodo para dormir.

Paris

Domingo 15

A las seis de la mañana llegamos a París, a la estación de Montparnasse. Dejamos las mochilas en la consigna y fuimos a conocer la ciudad. Un amigo me había dicho que las avenidas de París engañan, que son mucho más largas de lo que parecen, y es verdad. Parece como si la ciudad jugara con tu percepción para que lo monumental te parezca cotidiano.

Haciendo el tonto en la Tour Eiffel

De todo lo que vimos, me llamó la atención especialmente la Tour Eiffel: imponente, una celebración del viejo mundo industrial que aún añoraba el arte clásico. Notre Dame: oscura, misteriosa, solemne, de cuando los hombres miraban al cielo. La Madeleine mola, aunque sea el mismo rollo clásico de siempre. Me gustaron mucho los jardines del Louvre y de Luxemburgo, más que nada por la gente, pasando el domingo pacíficamente, comiendo cosas delicadas, jugando, reposando. El Sena y sus orillas, repletas de pintores anónimos, carteles de Mucha y árboles. París es una mezcla de monumentalidad y rincones íntimos.

A las ocho de la tarde tomamos el tren nocturno para Venezia; un coche cama, que nos vino bien para estar descansados el día siguiente.

Venezia

Lunes 16

Callejuela veneciana

Me desperté cuando el tren cruzaba el puente sobre la laguna, y es maravilloso levantarse así. Caminamos mucho, metiéndonos por cuantos más callejones mejor: cada rincón es precioso, quizá porque hay poco espacio, quizá por la combinación del agua y la luz. La miríada de tiendas y puestos rebosantes de fruta, pizza y paninos (bocatas?) me transmitía sensación de riqueza y abundancia. Vimos muchas máscaras, y aunque a mí no me gustan tengo que reconocer que las venecianas son una maravilla. Vimos como un millón de iglesias, siendo especialmente emocionante el interior de San Marco. También me gustaron los colores y formas del Palazzo Ducale (Palacio del Dux) y la peculiaridad del ponte di Rialto. Me pasó algo extraño: a pesar de que la ciudad estaba tomada por turistas, tenía sensación de intimidad. Vimos la puesta de sol desde el vaporetto (barco-bús), y paseamos por la ciudad oscura, vacía. Personalmente me sentía como en un sueño: ¡todo lo que habíamos estudiado en Historia del Arte existía de verdad! y era tan bueno como lo había imaginado, o más.

Hacia las doce de la noche tomamos el tren nocturno a Roma. No sabíamos lo que nos esperaba: un lleno absoluto, un vagón sin aire acondicionado y la ventanilla que no podía bajarse. Más que dormir, creo que queríamos quedarnos sin sentido para que aquello terminase cuanto antes. Asier y Cosi hicieron mitología con ciertos elementos del tren, como gitano sudón y chino pedorro, y al menos nos reímos.

Roma

Martes 17

Fontana de Trevi

Llegamos a Roma molidos. En la estación de Termini nos abordaron varios hombres con ofertas de alojamiento, y nos decidimos por la más barata. El Michigan resultó bien, un sitio tranquilo con sábanas limpias y a cuatro pasos del Monumento a Vittorio Emmanuele II. Dormimos hasta mediodía para compensar la mala noche en el tren, y tras comer algo salimos a descubrir Roma.

Nos dirigimos al Colosseo. Para mí, lo más interesante fue la construcción; el interior no tenía nada especial. Después estuvimos en el Campidoglio, la magnífica plaza de Miguel Ángel, poderosa y delicada. De ahí nos dirigimos a la Fontana de Trevi, recientemente restaurada y repleta de gente. Pasamos por la Piazza Navona, la Piazza Spagna (como es tradición, también repleta de gente) y terminamos remojando los pies en la Piazza del Popolo. Una cosa maravillosa de Roma es el agua: buena, fría y abundante, un monumento en sí misma.

Miércoles 18

Interior de la basílica de San Pedro

Nuestro segundo día en Roma lo dedicamos al Vaticano. Cometimos el error de entrar a la Piazza San Pietro por la Via della Conciliazione: y así, la plaza parece bastante más pequeña de lo que realmente es. En el museo hay mucho que ver, y aún así da la sensación de que sólo te enseñan una minúscula parte de todo lo que tienen. En cuanto a la Basílica, pensé: esto sólo lo pudo hacer Miguel Ángel, porque es algo sobrehumano. Cómo entra la luz, los mármoles, los bronces, ¡hasta el aire del Vaticano es magnífico!

Hacia las cinco y media de la tarde fuimos hasta el Castel Sant’Angelo, que no nos pareció gran cosa. Claro que, después de ver el Vaticano, casi cualquier cosa es poco interesante. Volvimos a ver con más detalle la Piazza Navona, donde Cosi encontró el Anillo Único de Sauron; como todos somos hobbits, no nos hizo efecto. También volvimos a ver la Fontana de Trevi, iluminada, y alargamos el paseo porque Roma de noche es fascinante.

Jueves 19

Catacumbas de San Calixto

El tercer día nos alejamos un poco del centro y vimos las catacumbas de San Calixto. Es un sitio interesante, donde puedes meterte en la piel de los primeros cristianos. Tuvimos un guía muy atento, un señor también español que hablaba animadamente y se interesaba por todos. De vuelta en la superficie, comimos y paseamos por unos amplios campos llenos de verde.

Tras coger un bus de vuelta, nos imaginamos el Circo Massimo, porque ver se veía bien poco. Anduvimos por el exterior de la Domus Aurea y nos dirigimos al Pantheon di Roma (Panteón de Agripa): transmite grandeza, aunque las fotos no le hagan ninguna justicia (como a ningún monumento). Quizá es porque se ha quedado encerrado en una plaza no demasiado grande, y te lo encuentras así de repente… esto pasa mucho en Roma. Cada esquina oculta algo que no te esperas.

El viaje debía continuar y a media tarde partimos a Napoli. En el tren tratamos de hablar con unos napolitanos, pero su italiano era muy diferente del verbo claro de los romanos. Teníamos la idea de ir esa misma noche a Pompeii, pero se nos metió en la cabeza que no había lugar para dormir allí y nos resignamos a pasar la noche en la estación. Un lugar no muy recomendable de día, como nos comentó una pareja de mallorquines; y que hubiera una oficina y un coche de policía en plena estación no ayudaba precisamente. Por lo menos, había una sala de descanso, y pudimos dormir un poco.

Hacia Grecia

Viernes 20

Brindisi al anochecer

Nada más despertar, salimos volando a Brindisi. Llegamos a mediodía y, por fin, comimos pizza y pasta italianas. ¡Buenísimas! Lástima que luego nos colaran unos helados bastante deficientes… Esperamos al barco tirados en la hierba, y Asier encontró unas duchas públicas. Me puse mis últimos calzoncillos limpios.

El barco a Πατρα. Mi primera experiencia en un barco. ¡Pudo ser peor! La noche anterior, en la estación de Nápoles, ya había descubierto el placer de dormir en el suelo, sin colchoneta ni nada… y te levantas como un cromo. Nos despertamos con las islas griegas envueltas en niebla. Asier y Cosi vieron delfines.

Κοριντος

Sábado 21

Tras atracar en Patra a las diez de la mañana, llegamos a Corinto a la hora de comer. Al bajar del tren, dije ¡Vaya poblacho!, pero es que la ciudad estaba escondida unos cuantos metros adelante. Con su hotelito económico (Ακτη, Akté), su restaurante majo (Family), supermercados y un hermoso local de Häagen-Dazs. Paseando por las playas de Corinto al crepúsculo pensé en cómo era posible guerrear en estas tierras, con lo pacífico, sencillo y rico que parece todo. Aquella noche descubrimos el pita de pollo y la ensalada griega, buenísimos.

Domingo 22

Entrada a la acrópolis de Corinto

Desayunamos junto a la estación de tren y tomamos un autobús para Αρχαια Κοριντος, la ciudad vieja de Corinto. Vimos la fortaleza de Ακροκοριντος en las alturas (500 metros) y comenzamos a subir. Al cuarto de hora un autobús de alemanes muy majos paró y nos llevó hasta la entrada de la fortaleza. Ésta estaba bastante destrozada, pero los muros siguen en pie y nos hicimos una idea de lo que había sido. No podía dejar de escuchar el tema de Minas Tirith en mi cabeza.

Hacia mediodía comenzamos el descenso, y otra vez tuvimos suerte: unas holandesas nos acercaron hasta la acrópolis en coche. Allí buscamos algún tesoro, pero sólo había piedras sin personalidad. Bueno, y un almendro. El museo estaba bien, sencillo y digerible. Me gustó una hilera de esculturas de patricios descabezados: me vino la idea de que un inmortal es necesariamente alguien sin cara ni cabeza. Pasamos por varias tiendas de souvenirs bastante decentes y un camarero nos lió para tomar unas cervezas mientras esperábamos al autobús. El resto de la tarde nos relajamos, paseamos por la playa… como unos auténticos turistas. En Corinto se estaba muy a gusto.

Αθηνα

Lunes 23

Cogimos el primer tren de la mañana y llegamos a Atenas poco antes de las ocho. La primera impresión no fue muy espectacular, pero la gracia de las ciudades griegas está en el bullicio, en la gente. En cualquier caso, para estar en medio de unos Juegos Olímpicos la ciudad estaba muy tranquila…

Foto de grupo en el Partenón

Llegamos al Ágora. Me gustó la iglesia de los Santos Apóstoles, pequeña, terrosa por fuera, blanca por dentro. Ascendimos a la Acrópolis bajo el sol del mediodía, y es una pena ver cómo un conjunto tan interesante e importante está en obras, con la mitad de las cosas desbaratadas. Tengo ganas de volver cuando esté completamente restaurada.

Dimos una vuelta por el barrio de Plaka, y Asier y yo nos separamos de Laura y Cosi. Nos perdimos un poco, lo que en cierto sentido fue bueno ya que vimos la Kapnikarea y una curiosa instalación que relacionaba elefantes de peluche y política internacional.

A estas alturas del viaje, yo me sentía con ganas de seguir avanzando. Turquía, el Himalaya, Nueva Zelanda, ¡el espacio!… pero teníamos que volver.

De vuelta a Italia

Martes 24

Nos despedimos del Ακτη y llegamos a Patra a mediodía. Compramos los billetes para el Ferry y comimos unos panes fritos con gambas, ajo y algo de pollo. Aprovechamos para mandar unas postales y nos desesperamos buscando la oficina para facturar: estaban de reformas y tenían el cartel escondido dentro…

En el barco conocimos a chico italiano muy majo, Andrea, y estuvimos hablando con él hasta la hora de dormir. Todo estaba muy húmedo, y como Asier y yo no teníamos colchoneta dormimos sentados en sillas de plástico. No puedo decir que fuera una noche cómoda…

Miércoles 25

Claro que peor lo tuvieron Cosi, Laura y Andrea, que amanecieron cubiertos de hollín. Desayunamos frugalmente, y me di cuenta de lo bueno del viaje: pasara lo que pasara, tenía buenos compañeros y el sol seguía brillando. ¡Así se puede afrontar todo!

Llegamos a Brindisi, y las furgonetas que llevan y traen turistas de la ciudad al puerto eran muy pocas. Esperamos un buen rato y pasamos de los taxis-buitre que rondaban la zona. Finalmente, y tras un intento fallido de hacer el camino andando, una furgoneta nos llevó y llegamos a tiempo de coger el tren a Taranto. Aquí nos despedimos de Andrea y aprovechamos para descansar un poco. En el trayecto desde Taranto a Napoli vimos un paisaje muy verde, un fuerte contraste con la costa de Brindisi, completamente llana y seca.

De vuelta en Napoli, cogimos el tren para Pompeya (Pompeii) a todo correr. Unos lugareños nos indicaron dónde estaba el albergue de HI, y por primera y única vez en todo el viaje hicimos uso de nuestro carnet de alberguista. El lugar era limpio y tranquilo, y nos dieron una habitación para nosotros solos, así que dormimos estupendamente.

Pompeii

Jueves 26

Calle pompeyana

Laura conoció a Blanca, una chica oscense muy maja que nos acompañó en nuestra visita a la vieja Pompeya. Después de una semana y media con sobredosis diaria de Antigüedad yo ya me sentía un poco abrumado, pero la ciudad está bien conservada y es un lugar interesante. Es fácil imaginar cómo sería la vida allí hace dos mil años. Vimos el famoso Cave canem, el lupanar, las termas, el teatro, la palestra, el circo…

Hacia las cuatro volvimos al albergue y comimos. Estuvimos con Blanca hasta las seis, cuando salió su tren a Sorrento. Un malentendido con el vendedor de billetes de Pompeya (que se portó francamente mal) resultó en perder el tren a Florencia, así que tuvimos que volver a Napoli y volver a sacar billetes para la ciudad de Dante Alighieri.

Pusimos en práctica algunos consejos de la página de Europa na mochila y tomamos un compartimento, cerrando la ventanilla, apagando la luz e incluso descalzándonos, para crear un ambiente más familiar… lástima que, a mitad del viaje, aparecieran los legítimos dueños del compartimento. Por suerte, encontramos otro compartimento casi vacío.

A Florencia llegamos a las dos de la mañana, y la ciudad está bastante fea a esas horas. Quizá teníamos demasiado sueño, y ver un puñado de borrachos y lupas en pleno centro no ayudaba mucho. Buscamos una cama para dormir porque no nos apetecía suelo (bueno, a Asier sí)… encontramos un sitio abierto donde un hombre con pinta de mafioso nos pedía cien euros por habitación. Le dijimos ¡somos estudiantes! y bajó a noventa. Cuando vio que pasábamos del tema, se puso en plan Vito Corleone: Venís aquí, a mi casa, a esta hora… siguió farfullando mientras nos fuimos a buscar algo a nuestro alcance. Encontramos un hotel de una estrella cerca de la estación de Santa Maria Novella, sesentero total, limpio y con ventilador de aspas… ¿qué más puedes pedir?

Firenze y Milano

Viernes 27

Según nos acercábamos, Santa Maria dei Fiore se nos venía encima

Nos levantamos frescos y bajo la luz del día la ciudad era completamente distinta, para bien. Paseamos por los lugares más característicos de Florencia. Santa Maria dei Fiore es espectacular según vas acercándote, elevándose por encima de todo alrededor. La combinación de piedra blanca y negra en el exterior es muy hermosa, y el interior es sobrio, espacioso, agradable. Por último, ¿qué decir de las puertas del baptisterio? me parecieron un trabajo muy delicado.

Después seguimos hacia la Piazza della Signoria para ver un montón de esculturas y… andamios. Me gustó especialmente la calle de la Galleria degli Uffizi, donde había toda una galería de ilustres con personajes de la talla de Dante, Leonardo y Américo Vespucio.

Pasamos por el Ponte Vecchio, no tan espectacular como el Rialto de Venecia pero también interesante. Como nos pillaba de paso, entramos a los jardines de Bóboli, en el Palazzo Pitti. Arquitectónicamente había cosas interesantes, pero a nivel botánico el jardín nos pareció escaso. Por cierto: guarda algo de dinero de reserva en algún sitio insospechado. Siempre viene bien.

De vuelta a la estación, contemplamos el Palazzo Strozzi y aprovechamos para contemplar unos minutos la iglesia de Santa Maria Novella. Llegamos a la espectacular estación de tren de Milano a las siete de la tarde y visitamos la catedral. Tuve la impresión de que, según vas más hacia el Norte en Italia, más serias son las ciudades: Milán me parecía más francesa que italiana.

Cenamos por enésima vez en el McDonald’s y volvimos a la consigna de la estación, donde nos pusimos algo nerviosos porque no terminaban de atendernos y faltaban apenas quince minutos para que partiera nuestro tren. Subimos corriendo al vagón, entramos en nuestro compartimento-cama y grabamos en vídeo nuestras conclusiones del viaje.

El último día

Sábado 28

De camino a Florencia ya nos habíamos hecho a la idea de que quedaba poco viaje. La idea de volver a dormir en nuestras camas y comer unos huevos fritos se me hacía extraña, pero algo había cambiado en mí. Después de Italia y Grecia, estar en París me parecía como estar en casa, casi como estar en Hendaye. Desayunamos e hicimos tiempo hasta coger el TGV para casa. Una vez en Irun, nos despedimos con esa mezcla de pena por terminar el viaje y alegría por la experiencia vivida.

Cabe decir que Asier volvió a salir dos días después para conocer el Benelux, y que yo no le acompañé porque estaba demasiado a gusto de nuevo en mi cama. ¡Mal hecho! No hay que abandonar a los compañeros.

Conclusiones

A nivel cultural y artístico, este viaje ha sido fundamental. Todo lo que puedas estudiar en libros está bien, pero palidece en comparación con la realidad; quizá porque el arte no se aprecia como es debido fuera de su contexto. Hay que estar allí y no sólo ver, sino tocar, oler, sentir las luces… por ejemplo, a mí nunca me había llamado demasiado la atención el Panteón de Agripa, y cuando lo vi en frente aluciné.

El viaje es sobre todo la experiencia de conocer personas. Tengo la impresión de que la gente es buena en general; pero, más que nada, me alegra haber podido conocer mejor a mis compañeros. Gracias a ellos, el viaje ha sido algo hermoso, enriquecedor y divertido. Además he descubierto que puedo dormir en el suelo o en un tren atestado de gente y sobrevivir: que no soy tan delicado como parezco, vamos. También quiero hablar del olor del Sur de Italia y Grecia: me ha gustado mucho. Pensaba que yo era más de lugares serios y frescos, como París, pero el Sur se ha ganado un lugar en mi corazón.

Escribir todo esto me pone melancólico. Querría haber seguido viajando para siempre, más tiempo, más lejos, hasta desaparecer. Todavía sueño con que sigo viajando, sin saber exactamente dónde estaré dentro de un par de días, feliz por tener buenos compañeros, agua y fruta fresca. Siento que eso es la vida real.