Partimos el día de mi cumpleaños, y fue mi primer viaje en avión; me dió cosa mientras nos elevábamos, pero aguanté. Londron! La gran ciudad que me imaginaba, con millones de cosas por ver. Habré sacado unas mil fotos, muchas de ellas movidas porque aquí todo va muy rápido; claro que también hay lugares como Hampstead o St. James Park que son todo lo contrario. Me gusta el contraste entre calles tranquilas como Marylebone High y Oxford, pura efervescencia comercial. Por cierto, adoro cómo pronunciaba Paddington la voz del metro; la propia estación de Paddington es de mis preferidas, toda de ladrillo desnudo.
Me gusta esa manía de los ingleses de decir sorry
o excuse me
por todo. Que los edificios no sean excesivamente altos, el Green Belt, nombres como Kensal Green, la miríada de pequeños rincones curiosos y cuidados (vi muchos en Hampstead). También que los Pizza Hut sean restaurantes decentes (nunca podré volver a comer en Telepizza) donde te rellenan el vaso de bebida gratis… el Apple Store de Regent Street (una pasada)… el metro (Underground, Tube) es fascinante: la uniformidad de los letreros, la infinita variedad decorativa. Me quedo con la impresión de que a los ingleses les gusta más la variedad y lo pintoresco que lo monumental; me parecen personas prácticas, centradas en los pequeños detalles y las cosas del día a día. Cosa que me encanta.
Souvenirs: una rana de peluche, un osito Teddy, galletas escocesas, una cajita de té y un mug (taza) con el diagrama de las líneas del metro. Típico pero bonito (¡y las galletas estaban buenísimas!). Aunque quizá el souvenir más importante sean las ganas de volver alguna vez.