Más bonito en la memoria

Me gusta destruir mis viejos textos, manuscritos y proyectos, una vez se ha demostrado que ya no pueden servir para nada. Uno es siempre dueño de su archivo. Decir a un amigo “quémalo cuando me haya muerto” es la forma más segura de que vaya a perdurar más allá de la vida del susodicho. Si uno quiere destruir algo, lo mejor es hacerlo personalmente y sin pestañear. Yo lo hago y me parece bien.

Por ejemplo: cuando iba a destruir la última versión del último libro, me dio cierto repelús, porque realmente lo había reescrito a mano por la plana en blanco de los folios, y entre líneas, y tal. Era bastante bonito. Tardé por lo menos dos minutos en tomar la decisión y medio minuto más en destruirlo. Ahora es mucho más bonito, porque está en la memoria.

Jesús Rodríguez Velasco, Sobre la labilidad de los márgenes, la edición y los pactos de lectura

Carlos, 25 de Diciembre, 2007. Etiquetas: