Cuando tenía quince años un amigo del barrio me dejó una cinta de los Sex Pistols. Me pareció una mierda. Y en general sigue pareciéndome una mierda, aunque God Save The Queen sea una gran canción pop. Por esto es atractiva, por lo hipnótico de las cosas pervertidas o, precisamente, restauradas. Algo roto, como un huevo, que da paso a un nuevo principio. Bah, mentiras. Los Sex Pistols no son importantes por su música sino por el escándalo, por ser el juguete de Malcom McLaren, el auténtico artista detrás de todo, el gran titiritero. Por una parte es de agradecer que demostrara tan descaradamente que es posible vender auténtica mierda a la gente, que retirara con tanto ruido el velo que los idólatras del arte contemporáneo habían tejido en torno a la nada. Por otra parte, ¿se ha dado alguien por aludido? Porque aquí seguimos, veintitantos años después, celebrando ese gran chorro de mierda. Porque muchos siguen haciendo mierda y criticando sólo la mierda de los demás (yo también, yo también). Al final, mucho ruido y mucho decir “revolución” y seguimos igual, adorando becerros de oro.
No todos, por suerte. Si bien el punk no ha inventado nada (¿realmente lo ha hecho alguien?) tuvo la gracia de retomar el “hazlo tú mismo”, el orgullo propio, la honestidad. Vamos, que el punk no puede entenderse sin una apelación a la responsabilidad y, en definitiva, la libertad individual. No dijeron: “haz lo mismo que nosotros”. Dijeron “saca lo que tengas dentro”. Pero esto siempre se malinterpreta, pasó con Moisés, con Buda, con Jesús, con Mahoma, con Muad’Dib. Las herejías de por sí no son malas, pero es imprescindible la honestidad. Toda visión de la vida es reinvención a partir de unos parámetros particulares, tanto impuestos por el entorno como dispuestos por la voluntad. ¿Es mejor un movimiento que apuesta por lo básico o por lo complejo? ¿Es lo básico miedo al crecimiento, a las ideas, reduccionismo, brutalidad, pereza? ¿Es lo complejo rechazo a la raíz, a lo inmediato, a los sentimientos?
Los setenta apestaban por las bandas de ropa barroca y solos interminables, el historicismo eclipsaba la vida. Era natural que apareciera gente como los Ramones y los Kraftwerk, básicos, desnudos: semillas. ¿En qué ha derivado esto hoy? Para muchos, en un nuevo barroquismo, otro clasicismo, otra imposición, otra tradición que mantener porque sí. El problema al final es la falta de crítica, de perspectiva, de inteligencia: las cosas cambian. El pasado es un hombre que no para de engordar, y nuestro sitio está aquí, ahora, con esta liebre que no para de correr y de arrancar mordisquitos a la zanahoria del futuro. ¿No sentimos dentro de nosotros el ansia de independencia, de escuchar por nuestra cuenta, de vivir y de construirnos nuestros propios criterios? ¿Seremos capaces de escuchar a lo que hay de vida en nosotros y dejar de lado a la siempre pegajosa vanidad?
Los rebeldes de hoy son los aristócratas de mañana. Detrás de todo movimiento juvenil se esconden los mismos esquemas de dominación que venimos usando desde que somos animales sociales. No se trata sólo de pasarlo bien y expresarnos “libremente”, sino de dominar a los demás en nuestros propios términos. Vamos, dominar a los que se dejen. Simplemente, inventamos una excusa para formar una élite, un grupo demiúrgico, y a partir de esto reinventar el mundo en torno a nuestro juguete, sea un grupo de quinielistas o de música. Y no, no se trata de esto. Esta rebeldía es egoísmo, como la aristocracia es egoísmo. Algunos han visto la salida de esta rueda kármica a través de una alguna especie de misticismo, llevando su hambre a otros campos. Un ayunante deja de comer para poder llenarse de espíritu, para crear un vacío necesario como el abono para que la tierra sea fértil.
La buena música abre vacíos fértiles a nuestro alrededor. Eso lo siente el chaval que no puede reprimir el impulso de escribir rimas tras escuchar hip hop de la misma forma que lo sintieron Van Gogh y Nietzsche. No nos refugiamos en el arte porque huyamos de la realidad: muchas veces, precisamente, huir del arte es huir de la realidad. Negar la necesidad del arte es negar la necesidad de la consciencia de los sentimientos. Por eso, estoy convencido de que quienes saben no recurrirán a la música para difundir propaganda, porque eso es como tratar de llenar la cabeza de los demás de mierda. La política funciona hablando y debe ser dialogante, racional, práctica, limitada; la música es otra cosa, es para abrirnos, para inspirarnos, para crecer.
Y, al final, ¿qué importa cómo lo llamemos? Los nombres que tratan de encerrar el espíritu de un tiempo tienen sus límites. Caducan, pierden el sentido fuera de unos parámetros muy concretos, y la vida es demasiado complicada como para confundir una gaviota o una gallina sólo porque son pájaros. Es sorprendente que quepan tantos mundos en uno solo.
Antoine Marfluss, Biarritz (12 de enero de 2003). Título original: À propos du punk, publicado en Les étoiles dansaient, número 8, de mayo de 2003. Traducción de Carlos Rioja.