El pensamiento de la muerte me hace plantearme todo lo que hago como una obra de ingeniería… debería durar, debería ser bueno, sólido, interesante. No me planteo la muerte en términos de cielo, infierno o reencarnación… eso no es importante. Es una prolongación del ego más allá del final del mismo, eso no existe. Nuestro dolor y nuestra alegría revierten al mundo, al único mundo que hay, y no podemos pensar en un futuro después del final porque volveremos a ser hojas en blanco. El ego es un medio, no un fin.
Aunque queramos ser eternos sólo podemos soñar con ello. Pero la imagen de Sáenz de Oiza me consuela. Llegar a viejo sin miedo, con serenidad, admitiendo tus fallos sin amargarte, admitiendo que no eres perfecto y sacarle partido. Madurar. Yo quiero convertirme en un viejo tranquilo antes de morir, no quiero tener veinte años toda la vida, ni dieciséis. Porque tampoco se puede.