Hay palabras que se han usado tanto y con tan diferentes propósitos que podríamos decir que están vacías. Vaciadas, más bien. ¿Qué podemos hacer contra esa nada que invade el lenguaje y la vida? Llenarla de realidad, de nuestra realidad, reconstruir los significados a partir de nuestras experiencias, negarnos a que nuestra vida sea insignificante.

Stalingrado es un documental poetizado, como dice su autor Tomás Carrascal, que huye de esa concepción cursi de la poesía como tumba de bellas palabras para la realidad; todo lo contrario. Este librito ha salido directamente del poeta y es natural, honesto, crudo a ratos porque la vida lo es, pero también entrañable, compasivo y con ánimo de seguir peleando contra la apatía y la insensibilidad.
Siempre agradezco estos textos tan desnudos y sinceros porque me recuerdan para qué nacieron la literatura y todas las formas de expresión humanas: para conocernos mejor, para apreciarnos un poco más (como comenta Juanjo Seixas, conocer algo es amarlo, en cierto sentido); quizá para mejorarnos ligeramente, quizá.
Me gusta también el formato: breve, pequeño. Y no porque haya poco que decir, sino porque las palabras han madurado y son precisas. Tienen vida detrás. Uno de mis poemas preferidos, al menos el que más me toca ahora mismo, es Padres, viejos…:
PADRES, VIEJOS …
Padres.
En la infancia
no eres nadie sin ellos,
en la adolescencia
te sobran
(menos a la hora
de la paga).Más tarde
cuando se convierten en ancianos,
aprecias su vejez:
uno
se los queda mirando
las manos,
la cara
(sobre todo
la vida arada en ellas),
los gestos
cada vez más torpes …En la antesala
de la despedida,
no sabes
cómo decirles que
los has querido (y mucho),
que tu vida
en éste miserable mundo,
no va a ser
lo mismo
sin ellos.Quizás por éstas sensaciones
o porque no tengo hijos,
en un desastre salvaría antes,
a un viejo
que a un niño;
aunque sólo fuese
por los méritos adquiridos,
las heridas
de guerra acumuladas,
el derecho
ganado a pulso,
de morir
lo menos trágicamente
posible.
Tomás Carrascal es profesor en la Escuela de artes plásticas y diseño Kunsthal de Irun, donde tuve la suerte de conocerle. Puedes leer más textos suyos en su página personal, e77(o), El otro espiritu del 77, y también ha escrito en varios números de la revista electrónica Sponge.