Tres apuntes verdes 8 de Noviembre de 2007

Camino por estas calles que ya no me pertenecen y pienso en montañas lejanas, y en lo que hay detrás de esas montañas, en bosques flotando entre la niebla silenciosa, y en mares cálidos como bañeras, y en océanos terribles como pulpos que no ven la luz, y en esos salmones y esos pájaros que corren aventuras sin que nadie las escriba, y en hormigas que terminarán su labor aplastadas súbitamente. Yo tan sólo busco belleza entre las hojas secas y los carteles arrugados, ansioso y temeroso de lo desconocido, deseando vivir un día más. Y esto será así siempre.


Por la noche, cuando el ruido y las manchas menguan, puedo oír a la tierra bajo el asfalto, al pato en el río y al propio río, a los árboles prisioneros de las aceras y a las flores rebeldes que gritan y resisten en cada rincón; y todos ellos me dicen ¡Esto no se ha acabado! ¿Sabes cuántas veces se ha proclamado el fin de la historia, y cuántas veces se han equivocado?. La vida es invencible porque es amor al futuro.


Veo los monumentos de piedra y de metal matemático y pienso: ¿cuándo comprenderemos que no podemos construir mayores monumentos que nuestra vida y nuestro espíritu?.

Isaac Bergen, Apuntes del cuaderno verde, primavera de 2006.

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  1. iván 2007-11-09

    Dejo mi pequeño apunte verde, así ya son 4:

    Ayer mismo me hice una pequeña excursión a las Peñas de Haya y probé algo diferente. En vez del clásico reto de superación humana de tratar de llegar sin detenerme, o en menos tiempo que en veces anteriores, decidí que fuese el propio monte el que me pusiera el ritmo. De modo que le di carta blanca y me dejé llevar por la naturaleza. Dejé que fuese el bosque quien dijera “más rápido” o “despacio, disfruta con el entorno”, de manera que al poco tiempo ya me sentía parte del bosque. Ya no era un ente extraño que había invadido su terreno. Había aceptado su invitación, había aceptado sus normas, y ahora éramos uno.

    Aquí y allá comenzaron las sensaciones. La humedad en los lugares con mayor vegetación, los charcos y riachuelos que me invitaban a chapotear como un niño (un montañero con las botas limpias no es un montañero) la comodidad de un manto de las hojas caidas en otoño, la paz del más absoluto silencio, roto de vez en cuando por el canto de algún pájaro, o el movimiento de algún espía de 4 o más patas (y ojos quizá).

    Al acercarme a mi objetivo, la montaña me hace ver su orgullo y me lo empieza a poner difícil. Noto cómo las voces de cada piedra y cada árbol me recuerdan que el premio está en la cima y me hacen pensar en los motivos para alcanzarla. ¿Cabezonería humana? ¿O reencontrarme con los valores que me hacen parte de la creación?

    Sólo al llegar arriba lo tuve claro. Allí no había nadie más que el viento y yo. Y el haber alcanzado el punto más alto, únicamente me hizo más pequeño. Las ciudades encogían rodeadas por la naturaleza, y se me antojaban visiones extrañas, algo fuera de lugar. La complicidad con la naturaleza que sentí durante el trayecto me hizo ver la falta de coherencia de nuestro progreso. Cada vez somos menos parte del planeta. Y después de asimilar que en mi mano únicamente estaba la posibilidad de buscar esa coherencia a nivel personal, me dispuse a bajar de la montaña, en busca de otra ración de espiritualidad.

  2. Carlos 2007-11-10

    Me ha gustado tu cuarto apunte, Iván. ¡Gracias por compartirlo! Yo también creo que gran parte de nuestros problemas vienen de aislarnos, de cerrarnos y negar/olvidar el mundo exterior, la realidad… y no hay nada más terapéutico que salir ahí fuera a ver qué es el mundo en realidad. Como dice un poemilla:

    Desciendo de la montaña,
    Con los pies cansados y los ojos limpios,
    ¡Vuelvo a casa!

    Nos encontraremos cuando hayamos vivido. Lo demás son teorías. ¡Saludos!

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