Un ensayo sobre tipografía

Portada de la edición española de 'Un ensayo sobre tipografía', de Eric Gill © 2004 Campgràfic

Reseña sobre Un ensayo sobre tipografía, de Eric Gill (1931, corregido y ampliado en 1936; editado en castellano en 2004 por Campgràfic).


Lo primero que me gusta de este libro es que es una declaración de principios en su forma:

Eric Gill habla en primer lugar de las profundas diferencias entre el mundo artesanal y el industrial; cómo la responsabilidad intelectual del artesano le ha sido arrebatada al obrero, quedando éste como una simple herramienta, un operario que nunca produce nada completo y que se ve forzado a vivir al ritmo de las máquinas. Además, el obrero está dividido porque debe relegar sus inquietudes a su tiempo libre, al contrario que el artesano, para el que el ocio no existe porque su trabajo es su vida. Al final, (…) el trabajo humano encuentra su única justificación en la santidad que le es intrínseca.

Ahora bien, Gill también es consciente de que el industrialismo no es una negación de la artesanía, sino algo nuevo que tiene sus ventajas y un lenguaje propio que hay que desarrollar lejos de esas mezclas imposibles tan frecuentes en el eclecticismo de finales del siglo XIX. La desnudez consustancial al industrialismo no tiene por qué ser degradante: Desde la pirámide de Keops hasta el interior desnudo de la Abadía de Westminster (antes de que lo echasen a perder con mármoles y mosaicos), el ornamento no ha sido jamás una necesidad de la arquitectura noble.

Si se trata con celo la dignidad y la verdad, la belleza cuidará de sí misma en ambos mundos. La belleza que sabe producir el industrialismo es la belleza de los huesos; la belleza que resplandece en el trabajo de los hombres es la belleza de la santidad.

En otro capítulo habla de los caracteres: (…) condicionado por los instrumentos, los soportes o los factores económicos (la urgencia y el gasto) que sean, el artista, el productor de caracteres, siempre se ha considerado a sí mismo como alguien que repite las formas ya existentes y no como alguien que inventa otras nuevas. El carácter, la letra, está en la cabeza antes que en el papel, y como en nuestra época el carácter predominante es el impreso, la referencia ya no es el tipo trajano o romano, sino el impreso. Por lo tanto, dice Gill, haremos bien en eludir la resurrección de la caligrafía medieval.

Es curiosa la alternativa a la cursiva que propone: espaciar los caracteres, más aún cuando es partidario de preservar el interletrado fijo frente al variable que supone la justificación del texto. También me llama la atención lo que Gill dice con respecto a la introducción de métodos mecánicos en el pequeño taller: Inevitablemente, [los trabajadores] empiezan a mostrar más interés hacia la máquina que respecto al trabajo, a vivir pendientes de ésta y a cifrar su motivación en el sueldo. Me recuerda cuán fácilmente muchos nos dejamos dominar por el ordenador y cosas peores hoy día…

Tras otras consideraciones técnicas sobre la impresión, Gill cierra el libro con un alegato a favor de una forma de escribir diferente, más racional (porque la relación entre habla y escritura en el inglés es bastante extraña) y más veloz (porque las letras romanas no sirven para escribir rápido, si no es con una pérdida de legibilidad importante). ¡Y apuesta por la taquigrafía! Esté o no de acuerdo, no se le puede reprochar a Eric Gill que no busque la coherencia… porque, si la vida de hoy se parece bien poco a la de hace quinientos o dos mil años, ¿por qué tendrían que parecerse nuestras letras, nuestros muebles, nuestras costumbres? ¿Por qué tenemos que sentir nostalgia por un mundo que ya no es el nuestro? No es que tengamos que abandonar nuestro lado humano, sino que ya no somos aquella humanidad que trabajaba el campo y veía pasar los días despacio.

En definitiva, un buen libro que documenta el estado de la tipografía en una época de grandes cambios y que plantea debates que permanecen vivos, como el del eterno enfrentamiento entre hombre y máquina, y la nunca resuelta nostalgia de un pasado-paraíso mítico.

Carlos, 28 de Mayo, 2006. Etiquetas: