El sábado me levanté temprano y con ganas de dejarme llevar, así que vagabundée por entre las casas y las fábricas de Behobie 1. Lástima vivir en la otra orilla; aunque quizá sea mejor vivir en un lugar feúcho viendo algo bonito enfrente que al revés.

Después caminé hasta el centro de Irun y vi la Rockdelux en un quiosco. Ya sé que mi política era no volver a comprarla porque se había vuelto aburrida y pedante, pero este número prometía. Y cumple: un buen resumen de discos de 2005 y la idea/sensación de que realmente estamos en un buen momento creativo. Hay gente a la que eso le da igual, pero a mí me hace bien comprobar que el mundo sigue siendo joven. Me quedé clavado fue con un par de viñetas del último número de Agujero negro, de Charles Burns:

Tenía que comprar ese cómic. Bueno, toda la serie. Así que tomé el Topo a Donosti y caminé lleno de una extraña fe nihilista hasta Armageddon, ese agradable templo del cómic donostiarra. Mala noticia: no había ningún número para comprar. Buena noticia: seguramente saquen un recopilatorio pronto.

Entre tanto, un tomo descomunal me llamó la atención: Cages, de Dave McKean. Trata de personas solitarias: un pintor, un escritor, un músico de jazz, una bióloga con un bosque en casa, un gato negro, una señora, un loro… lo que me terminó de atrapar fue una historia-prólogo que decía cosas como:
Agotado, él subió a la balsa. La tierra que había encontrado en el fondo del océano se había derretido, salvo la que se le había quedado incrustada en las uñas. Ella raspó esos fragmentos hasta formar una bola de barro. “Esto” dijo ella “es el mundo”.
Conclusiones después de devorar el cómic: tiene ese tono grisáceo de la madurez, y también toda su complejidad y su riqueza espiritual. Hay momentos bastante duros en la historia, aún más si no tienes el día para verdades adultas como fue mi caso, pero hay otros momentos de pura filosofía, de belleza espiritual (si eso es posible), de aceptación y de esperanza. Si cuando digo que la tienda de cómics es un templo es por algo…
Sí, merece la pena. El autor sabe perfectamente dónde quiere llegar. Sabe cuando ser figurativo con cuatro trazos y cuando improvisar como un músico de jazz. Sabe caracterizar a los personajes, y sobre todo sabe contar la historia. Recomendable, excepto en esos días en los que sólo toleras dibujos animados y galletas de chocolate. Mejor guárdalo para los días de cielo gris y corazón recio.
Por cierto, ayer vi Memorias de una Geisha y me gustó bastante. La producción es muy buena: la fotografía, la música, el vestuario… el reparto es impecable, y sólo ver bailar a Zhang Ziyi ya justifica pagar la entrada. Lástima de final feliz, aunque este cuento de hadas occidental de ropaje japonés no podía terminar de otra forma.
1 Behobie es el reverso luminoso de Behobia, y ambos son los últimos pueblos de Francia y España, de Labourd/Lapurdi y Guipúzcoa/Gipuzkoa (elige lo que prefieras), a ambos lados del río Bidasoa. Digo lo de reverso luminoso porque Behobie mira al Suroeste, mientras que Behobia, mi barrio, mira al Noreste, con lo que es más frío y oscuro. También podemos hablar de luminosidad y oscuridad arquitectónica: en Behobie predominan las casitas bajas y las calles amplias, mientras que Behobia sufre con enormes bloques – colmena. Conclusión: los constructores de este lado de la frontera son más avariciosos. Pero mejor hablo de eso en otra nota, que no es plan. Básicamente quería decir que me hace gracia que haya dos pueblitos con el mismo nombre en lenguas diferentes, como si hubieran sido uno sólo y lo hubieran separado.