Zalacaín el aventurero (1908) es un estupendo libro de aventuras que cuenta la vida de Martín Zalacaín, un espíritu libre (más bien salvaje) que va de aquí para allá buscando líos (y buscándole los líos a él): nobles sólo de nombre, pelotaris, contrabandistas, carlistas… y muchos otros personajes curiosos, amigos y rivales.
Pío Baroja hace una pequeña descripción de Urbía, la villa natal de Zalacaín, y a partir de ahí la narración es vibrante, vertiginosa, apresurada: fundamental. En realidad, apenas perfila la historia para que nosotros mismos la completemos con nuestra imaginación, lo que es, ¡arrayua!
, una invitación a la libertad maravillosa. Como libres son Tellagorri y Zalacaín, que no son modelo de nada pero tampoco pueden ser acusados de suciedad ni malevolencia (por cierto, ¡qué diferente es ser libre y ser buen ciudadano, eh?).
También me gusta que las correrías de Zalacaín tengan lugar por mi tierra, la república del Bidasoa, esa república sin frailes, moscas ni carabineros
, de montañas de verde oscuro, de luz deshecha entre líquenes y hayas, de humedad de vida y de enfermedad, de nieblas, de contadas piedras talladas. Eso es la puntilla para que este libro sea como una semilla que explota en flores en mi cabeza. Lástima que sea tan corto, y qué bien que me queden tantos libros barojianos pendientes :) ★★★★½